
Llegaba de mi consulta con la sicoanalista, otra vez sin planear la clase, con el estómago vacío y mal aliento mañanero. Sólo había comido una pera enorme que encontré sobre la mesa. Desde que la palpé me dio desconfianza, estaba rugosa, bofa y fea como mis rodillas. Salí de prisa. La comí en el andén y me preparé para mi sesión en el diván.
Al terminar de hablar con mi terapeuta, me dio un retortijón, pero decidí no pasar al baño por pena de que mis pedos retumbaran en aquella casona tan hueca y silenciosa. Era mejor llegar a la secundaria y vaciarme tranquilamente y así terminaría de leer el Matadero 5 que ya llevaba más de un mes sin poder concluirlo.
Al ir caminando del metro Balderas hacia la secundaria, donde trabajo dando clases de Español, me percaté que iba a ser inevitable que me sentara en aquellos baños asquerosos que, aunque era especiales para profesores, ni siquiera había papel, ni jabón y tenías que sentarte como en un go-kart, porque los habían diseñado creo que para despegar con propulsión a chorro de tu trasero magisterial. Y eso de limpiarse bien era un acto contorsionista, pero era inevitable ya que la nutria estaba convirtiéndose en un pene felino en mi colon.
Caminé lo más rápido que me permitía el dolor de estómago y mis nalgas rígidas. Aún era temprano, pero si hacía el esfuerzo de subir las escaleras iba a ocurrir un accidente. Decidí sentarme en una banca a esperar que los síntomas amainaran lo necesario para poder llegar al baño. Simulaba que leía La Jornada, pero mi pensamiento se concentraba en mis esfínteres y evitaba todo contacto con el alumnado y los profesores que pasaran cerca de mí. La presidenta de la Academia de Español no respeto el cerco mediático y empezó a hacerme la plática sobre un convivio. Tuve que salir por piernas y decirle que tenía que ir a dar clases.
Había recuperado un poco la fuerza y decidí ir a buscar papel con un gnomo burocrático que vivía en la coordinación, siempre tenía un gran rollo de papel dispuesto para quien se fuera a enfrentar a las heces fecales. No estaba el gnomo y mi desesperación iba en aumento, ¿la vida aún puede ser peor cuando te estás cagando, no puedes dar un paso y no tienes papel? Eso tal vez me lo podían contestar la planilla docente antes de este incidente.
Casi trotando, no debía verme con tanta prisa, aunque soy un hijo de puta, no me parece ético que mis alumnos y compañeros se den cuenta de que me dirigía a cagar. A unos tres metros de distancia del baño me interceptó otra profesora que quería informarme sobre la aplicación de exámenes extraordinarios. Ya no podía escuchar, ni hablar, ni caminar, por educación me detuve a escuchar, no modo que le dijera “permítame que me voy cagando”, sólo asentí y me paré recto con las puntas de los pies hacia fuera, es la mejor postura para detener la lucha del excremento.
Todavía tenía que sacar la llave, abrir, bajarme los pantalones y atinarle a la taza. Abrí la puerta, intenté bajarme los pantalones y tropecé por la prisa de atinarle. Me imagino que Hiroshima y Dresde eran poco ante esta devastación y destrucción fecal. Ahí estaba yo, el gran profesor, periodista y escritor, batido en mi propia mierda.
Mis cosas habían caído lejos de la bomba y estaban libres de caca. Vi reluciente mi Jornada, era la única esperanza. Ni modo que saliera todo batido y oliendo a pera digerida para avisar que estaba indispuesto para dar clase. Por fortuna había agua. Enjuagué mi pantalón lo mejor que se pudo. Tiré mi trusa y limpié mi culo con el periódico, no era mala idea este uso, pensaba que raspaba demasiado, pero era terso y salvador aquel diario, el único que se podía leer en este país. Lo más cerca que he logrado con el periodismo ha sido este episodio.
Mi segunda carrera hasta ahora no había dado nada. Siempre criticaba a los maestros porque no leían siquiera el periódico y hasta una vez en una junta les espeté que a nadie había visto con un periódico más que con el Gráfico o La Prensa. Esa fue mi sentencia. El batidillo en el piso lo cubrí con las hojas de La Jornada que me sobraron, las extendí bien para cubrir el desastre. Lavé mis manos y salí. Entré a mi salón de clases y respiré aliviado.
A la salida, los profesores estaban discutiendo afuera del baño. Le reclamaban al personal de limpieza y los cuestionaban por esa porquería que no los dejaba entrar a hacer sus necesidades.
Napoleón, un puerco que era intendente, informó que en esa escuela todos leían periodiquillos y sólo una persona podía ser culpable y era aquél que leía La Jornada. Me escondí detrás de una columna y todos voltearon a ver si andaba por ahí. Escuchaba las carcajadas de algunas de mis amantes y juré nunca volver a follármelas.
Mi futuro en esa escuela estaba tapado con las notas del presupuesto 2009, con noticias de los secuestros y la delincuencia, con caricaturas de Muñoz Ledo y con la nota principal, que México era el país que menos invertía en la educación , según la OCDE.
Napoleón reía al percatarse que todos adivinaban quien era el gran cagón que leía periódicos de izquierda. Eso es lo que pasa cuando quieres ser un buen ciudadano. Al siguiente día asistí a mi trabajo normalmente, sólo que con otro periódico bajo el brazo y con una máscara de puerco pozolero, nunca más volvería a ser yo mismo.
JUAN BELLO
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